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Y aquel inhóspito lunes del mes de diciembre, mientras el
tren se iba alejando de mi Madrid natal, intuí que emigrar
era algo más que un verbo de la primera conjugación.
Tiempos de escasez pero plenos de afecto. Tías entrañables
que conseguían con la magia del cariño transformar
en manjar la humilde merienda del "pan con aceite y azúcar".
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Las Navidades estaban encima. Nosotros las pasaríamos en
alta mar. Con el trajín del viaje no tuve tiempo de ayudar
a mi prima a armar el pesebre. Para remediarlo le había regalado
mis ríos de papel plateado, el portal que hice con la caja
de cartón donde guardaba los zapatos de la Primera Comunión
y hasta las figuritas compradas a principios de diciembre en los
puestos de la Plaza Mayor.
La cena de Nochebuena fue especial, con turrones, frutas secas y
mazapán en abundancia. Una orquesta amenizó el baile
y, como la ocasión lo merecía, mi mamá y yo
estrenamos los vestidos que nos había hecho la modista por
si en Argentina nos invitaban a alguna fiesta.
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©
2008 María de la Fe Álvarez
Este texto participó
el Concurso de Relatos y/o Testimonios, Los que vienen y los que
se van", Organizado por la Fundación El Libro y auspiciado
por Fundación Banco Ciudad.