A ver si nos animamos a empezar desde el comienzo. O sea, desde los
propios umbrales del título. A solas con mi asombro.
¿Será cierto que la autora está a solas con su
asombro? Trataremos de establecer si ello es verdad, o si sólo
lo es en parte.
Para encabezar
el intento, me parece indispensable la sugerencia que se nos presenta
en la ilustración de la tapa.¿Hacia dónde va
esa gente que, con abrigos y paraguas, resiste las inclemencias de
una jornada desapacible? Y otra pregunta: ¿No seremos nosotros
esas personas cuyos semblantes no vemos porque se hallan de espaldas,
y se hallan de espaldas porque se dirigen al edificio que se recuesta
sobre el fondo de la imagen? Seguramente que sí. Yo mismo me
siento allí en estos instantes. Estoy ahí y ya, en seguida,
declararé qué busco.
Recurriré
para ello a una información indicada en una de las páginas
iniciales. La foto se denomina Llovizna en ocre. Y seguidamente, al
referir el edificio se cita: Real Casa de Correos, Puerta del Sol,
7. Madrid. ¿Qué ocurre? Todos andamos por la vida
tal cual van los transeúntes de ese tan particular espacio,
bajo lloviznas de vicisitudes y destemplanzas de precariedades, en
procura de la casa en la que mora la calidez. Que no en vano se encuentra
en Puerta del Sol. En cuanto logremos trasponer su acceso, veremos
que el mencionado sol reside allí dentro, esperándonos
para templarnos con sus rayos milagrosos, curativos, ilustres.
Notaremos,
también, que la entrada de ese edificio es como la portada
misma de este libro, en cuyo interior vive el sol de la literatura.
Afuera es todo gris, deslucido, ácido. Es lógico, entonces,
que busquemos el acogedor reparo. ¿Y la escritora, la gran
responsable de los elementos que esperamos localizar allí?
Lo más probable es que nos aguarde en los salones de ese armonioso
palacio, que ella debe de conocer muy bien, dado que es nacida en
esas tierras. Porque María de la Fe es española
y, como tal, hace honor a la pulcritud del idioma.
Al referirnos
a la autora, la definimos como "la gran responsable de los elementos
buscados". No quepa duda, en consecuencia, que ella está
dentro del anhelado reducto. De la lujosa residencia que es templo
y morada del arte. Y nos está esperando. Nos aguarda para contarnos:
"Yo nací en un Madrid deshilvanado, / en el umbral de
un grito entre murallas./ Era el aire un recuerdo de metrallas / que
atravesó sin prisa mi costado". Así lo expresa
en la página inicial de Sólo un gorrión, su primer
poemario, al que siguieron otros libros: Llueve desde otra piel,
En el umbral de un cántaro, Raspachunda y Malos-Pelos,
este último, antología de cuentos infantiles, y otro
que vuelve sobre similar temática: Raspachunda necesita
una escoba. De nuevo en la poesía, aquí mismo,
en este volumen, encontramos -además de testimonios de los
poemarios anteriores- el novísimo De Buenos Aires y otras
ausencias.
Tales obras
aquilatan la calidad de quien ha sabido elaborarlas. No en vano ha
merecido diversos premios en su quehacer poético, así
como en Literatura Infantil, con la que obtuvo el Premio FAIGA Fundación
El Libro y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores
en el año 2005.
María
de la Fe Álvarez es licenciada en Psicología. Licenciada,
sí, pero nunca licenciosa. No se permite siquiera licencias
poéticas. Sus construcciones son de una ejemplar pureza y por
eso, además de por una honda inspiración, resaltan sus
páginas. No solamente los sonetos, que la muesran como dueña
de una especial arquitectura, sino también los trabajos compuestos
en verso libre, que poseen ritmo, musicalidad y lenguaje apropiado.
Hacen honor a lo que afirmaba Borges contra quienes sostienen que
el verso libre es prosa puesta en columna. El gran escritor decía
que la diferencia radica en que el lector reconoce que allí
lo están esperando imágenes, metáforas, la audacia
y el ensueño, además del lenguaje intensificado que
es propiedad intransferible del verso.
Pero quiero
referirme particularmente a otras expresiones que, por fortuna, hallamos
en este volumen. La literatura que nos depara la calidez a que hemos
hecho referencia al comienzo, también está presente
en pasajes de narrativa, no menos trascendentes y meritorios que el
restante material. Tienen rasgos de prosa poética, sugerentes
y reveladores cada uno en sus respectivos aspectos.
En el primero
de ellos, La Fe de mi nombre, une la infancia en un Madrid
en conflicto, donde moraba "nuestra niñez de harapos
y de casas con frío. / De cuentos de princesas debajo de las
lágrimas", con esta actualidad en la que dice, "me
duele Buenos Aires / como un `naranjo en flor` sin Goyeneche".
En el siguiente
es El Muro el que habla para revelar lo que sintió como
frustraciones, sin conocer el amor, sin haber aprendido a reír,
a soñar, "a pesar de que tenía ente mí
la fuerza del mar y del cielo", apunta el texto. La llegada
del extranjero "que me vestía de colores"
y de la mujer que "con sus manos, con su aliento de porcelana
y luna iba afirmando las formas" constituyó un vibrante
estallido de prodigio.
La noche
del adiós transita en otro relato que transmite, con lúgubre
paisaje, la terca soledad de un cielo oscuro: "Cierro los
ojos y lo veo con su traje de pena negra con ribetes negro azabache,
con espuelas afiladas de negro y goteando lentamente un sonido de
noche negra, interminable", expresa la autora en su narración
titulada Negro azabache, pintura en la cual caen sobre el tejado agujas
lánguidas que agujerean el colchón de la abuela. Y en
la cual la protagonista pensó "en mamá",
porque "en aquel lejano país se había quedado
con todas mis preguntas". ¡Cuántas madres -acaso
todas- se nos marcharon llevándose con ellas tantas preguntas
y tantas y tan valiosas contestaciones!
"Esta
casa está embrujada", decía la abuela, que
echaba agua bendita por los rincones. La protagonista confiesa que
ahora vive lejos, en una morada con ventanales casi siempre cerrados,
pero no es feliz. Extraña a un fantasma, a quien le envía
una carta. Con seudónimo, para no ser identificada. El fantasma
le contesta y le remite, a vuelta de correo, "un eslabón
de mi cadena y un pedazo de sábana como recuerdo".
La narración
denominada Anotaciones en sepia sirve de cierre al libro, que con
ella mantiene y acrecienta el tono conmovedor que circula por casi
todas sus hojas. Nos habla de "un Madrid con las alas rotas",
de "un pueblo desencantado tras el horror de la contienda"
y del viaje de aquella niña a estas tierras sudamericanas.
El pasaje autobiográfico refiere la estrategia para salvar
los libros, que le exigían que dejara, y concluye con la recordación
de las "tías entrañables, que lograron con la
magia del cariño transformar en manjar la humilde merienda
del pan con aceite y azúcar".
Realmente,
siento que el espíritu se encuentra retemplado con su incursión
por el edificio que, en la portada del libro A solas con mi asombro,
sobresale en el fondo del lluvioso escenario. Dentro de las habitaciones,
conseguimos dialogar con la autora, quien, página tras página,
nos transmitió calidad y calidez en sus valiosas composiciones.
Ya no se hallaba tan a solas con su asombro. Podemos retirarnos, pues,
aunque no sin este volumen que, en la amplia vastedad de las letras,
es digno de ocupar un lugar de ribetes descollantes.
Voy a salir.
Trataré de cubrir lo mejor posible el ejemplar de la obra que
llevo. Debo atravesar nuevamente la calzada. Pero ahora ya no me incomodan
las inclemencias del tiempo. Siento que he aprovechado satisfactoriamente
este poético pasaje. Y que una valiosa y ponderable experiencia
me acompañará para siempre.
Jorge Lomuto
4/6/2010