Poemas

Palabras pronunciadas por el periodista y escritor Jorge Lomuto en la presentación del libro:
A SOLAS CON MI ASOMBRO de María de la Fe Álvarez

Bs. As. 4 de junio de 2010


A ver si nos animamos a empezar desde el comienzo. O sea, desde los propios umbrales del título. A solas con mi asombro. ¿Será cierto que la autora está a solas con su asombro? Trataremos de establecer si ello es verdad, o si sólo lo es en parte.

Para encabezar el intento, me parece indispensable la sugerencia que se nos presenta en la ilustración de la tapa.¿Hacia dónde va esa gente que, con abrigos y paraguas, resiste las inclemencias de una jornada desapacible? Y otra pregunta: ¿No seremos nosotros esas personas cuyos semblantes no vemos porque se hallan de espaldas, y se hallan de espaldas porque se dirigen al edificio que se recuesta sobre el fondo de la imagen? Seguramente que sí. Yo mismo me siento allí en estos instantes. Estoy ahí y ya, en seguida, declararé qué busco.

Recurriré para ello a una información indicada en una de las páginas iniciales. La foto se denomina Llovizna en ocre. Y seguidamente, al referir el edificio se cita: Real Casa de Correos, Puerta del Sol, 7. Madrid. ¿Qué ocurre? Todos andamos por la vida tal cual van los transeúntes de ese tan particular espacio, bajo lloviznas de vicisitudes y destemplanzas de precariedades, en procura de la casa en la que mora la calidez. Que no en vano se encuentra en Puerta del Sol. En cuanto logremos trasponer su acceso, veremos que el mencionado sol reside allí dentro, esperándonos para templarnos con sus rayos milagrosos, curativos, ilustres.

Notaremos, también, que la entrada de ese edificio es como la portada misma de este libro, en cuyo interior vive el sol de la literatura. Afuera es todo gris, deslucido, ácido. Es lógico, entonces, que busquemos el acogedor reparo. ¿Y la escritora, la gran responsable de los elementos que esperamos localizar allí? Lo más probable es que nos aguarde en los salones de ese armonioso palacio, que ella debe de conocer muy bien, dado que es nacida en esas tierras. Porque María de la Fe es española y, como tal, hace honor a la pulcritud del idioma.

Al referirnos a la autora, la definimos como "la gran responsable de los elementos buscados". No quepa duda, en consecuencia, que ella está dentro del anhelado reducto. De la lujosa residencia que es templo y morada del arte. Y nos está esperando. Nos aguarda para contarnos: "Yo nací en un Madrid deshilvanado, / en el umbral de un grito entre murallas./ Era el aire un recuerdo de metrallas / que atravesó sin prisa mi costado". Así lo expresa en la página inicial de Sólo un gorrión, su primer poemario, al que siguieron otros libros: Llueve desde otra piel, En el umbral de un cántaro, Raspachunda y Malos-Pelos, este último, antología de cuentos infantiles, y otro que vuelve sobre similar temática: Raspachunda necesita una escoba. De nuevo en la poesía, aquí mismo, en este volumen, encontramos -además de testimonios de los poemarios anteriores- el novísimo De Buenos Aires y otras ausencias.

Tales obras aquilatan la calidad de quien ha sabido elaborarlas. No en vano ha merecido diversos premios en su quehacer poético, así como en Literatura Infantil, con la que obtuvo el Premio FAIGA Fundación El Libro y la Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores en el año 2005.

María de la Fe Álvarez es licenciada en Psicología. Licenciada, sí, pero nunca licenciosa. No se permite siquiera licencias poéticas. Sus construcciones son de una ejemplar pureza y por eso, además de por una honda inspiración, resaltan sus páginas. No solamente los sonetos, que la muesran como dueña de una especial arquitectura, sino también los trabajos compuestos en verso libre, que poseen ritmo, musicalidad y lenguaje apropiado. Hacen honor a lo que afirmaba Borges contra quienes sostienen que el verso libre es prosa puesta en columna. El gran escritor decía que la diferencia radica en que el lector reconoce que allí lo están esperando imágenes, metáforas, la audacia y el ensueño, además del lenguaje intensificado que es propiedad intransferible del verso.

Pero quiero referirme particularmente a otras expresiones que, por fortuna, hallamos en este volumen. La literatura que nos depara la calidez a que hemos hecho referencia al comienzo, también está presente en pasajes de narrativa, no menos trascendentes y meritorios que el restante material. Tienen rasgos de prosa poética, sugerentes y reveladores cada uno en sus respectivos aspectos.

En el primero de ellos, La Fe de mi nombre, une la infancia en un Madrid en conflicto, donde moraba "nuestra niñez de harapos y de casas con frío. / De cuentos de princesas debajo de las lágrimas", con esta actualidad en la que dice, "me duele Buenos Aires / como un `naranjo en flor` sin Goyeneche".

En el siguiente es El Muro el que habla para revelar lo que sintió como frustraciones, sin conocer el amor, sin haber aprendido a reír, a soñar, "a pesar de que tenía ente mí la fuerza del mar y del cielo", apunta el texto. La llegada del extranjero "que me vestía de colores" y de la mujer que "con sus manos, con su aliento de porcelana y luna iba afirmando las formas" constituyó un vibrante estallido de prodigio.

La noche del adiós transita en otro relato que transmite, con lúgubre paisaje, la terca soledad de un cielo oscuro: "Cierro los ojos y lo veo con su traje de pena negra con ribetes negro azabache, con espuelas afiladas de negro y goteando lentamente un sonido de noche negra, interminable", expresa la autora en su narración titulada Negro azabache, pintura en la cual caen sobre el tejado agujas lánguidas que agujerean el colchón de la abuela. Y en la cual la protagonista pensó "en mamá", porque "en aquel lejano país se había quedado con todas mis preguntas". ¡Cuántas madres -acaso todas- se nos marcharon llevándose con ellas tantas preguntas y tantas y tan valiosas contestaciones!

"Esta casa está embrujada", decía la abuela, que echaba agua bendita por los rincones. La protagonista confiesa que ahora vive lejos, en una morada con ventanales casi siempre cerrados, pero no es feliz. Extraña a un fantasma, a quien le envía una carta. Con seudónimo, para no ser identificada. El fantasma le contesta y le remite, a vuelta de correo, "un eslabón de mi cadena y un pedazo de sábana como recuerdo".

La narración denominada Anotaciones en sepia sirve de cierre al libro, que con ella mantiene y acrecienta el tono conmovedor que circula por casi todas sus hojas. Nos habla de "un Madrid con las alas rotas", de "un pueblo desencantado tras el horror de la contienda" y del viaje de aquella niña a estas tierras sudamericanas. El pasaje autobiográfico refiere la estrategia para salvar los libros, que le exigían que dejara, y concluye con la recordación de las "tías entrañables, que lograron con la magia del cariño transformar en manjar la humilde merienda del pan con aceite y azúcar".

Realmente, siento que el espíritu se encuentra retemplado con su incursión por el edificio que, en la portada del libro A solas con mi asombro, sobresale en el fondo del lluvioso escenario. Dentro de las habitaciones, conseguimos dialogar con la autora, quien, página tras página, nos transmitió calidad y calidez en sus valiosas composiciones. Ya no se hallaba tan a solas con su asombro. Podemos retirarnos, pues, aunque no sin este volumen que, en la amplia vastedad de las letras, es digno de ocupar un lugar de ribetes descollantes.

Voy a salir. Trataré de cubrir lo mejor posible el ejemplar de la obra que llevo. Debo atravesar nuevamente la calzada. Pero ahora ya no me incomodan las inclemencias del tiempo. Siento que he aprovechado satisfactoriamente este poético pasaje. Y que una valiosa y ponderable experiencia me acompañará para siempre.

Jorge Lomuto

4/6/2010

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